Cómo los precios del petróleo amenazan la economía

Los precios elevados del petróleo —que ahora superan los 100 dólares por barril— constituyen un gravamen para los consumidores y las empresas. Impulsan la inflación, reducen la renta disponible y amenazan el crecimiento económico. De persistir esta situación, podrían producirse despidos.

“Resulta indispensable examinar la experiencia histórica de Estados Unidos frente a otros *shocks* en los precios del petróleo”: Ryan Nunn, director de investigación del Budget Lab de la Universidad de Yale.

Ryan Nunn, director de investigación del Budget Lab de la Universidad de Yale abordó el impacto en la economía estadounidense, específicamente, en los bienes de consumo, mientras se gestiona la guerra con Irán y el consiguiente repunte en los precios de dichos bienes.

Nunn reconoce que los mercados petroleros han oscilado bruscamente entre el pánico y el alivio —y viceversa— desde el estallido de la guerra en Oriente Medio, mientras los mercados se preparan para una mayor volatilidad.

Señala que lo aprendido en el panorama macroeconómico, a través de sus propias investigaciones como de las de otros, acerca de los efectos que cabe esperar a raíz de la actual turbulencia en el mercado energético, resulta un tanto difícil determinar la magnitud real de esta conmoción petrolera y, más aún, cuáles serán sus implicaciones económicas.

Los precios se dispararon más de un 55 % desde el inicio de la guerra; el crudo Brent saltó de unos 72 dólares por barril el 27 de febrero a casi 120 dólares en su punto máximo, a medida que aumentaban los temores de posibles interrupciones del suministro a través del estrecho de Ormuz. El crudo Brent repuntó un 51 % en marzo, lo que constituye uno de los mayores aumentos mensuales de los precios del petróleo registrados.

“Si comparamos estos datos con otras variaciones mensuales en los precios del petróleo en los Estados Unidos, este constituye uno de los mayores aumentos que hemos experimentado en los últimos 50 años”, reconoce Nunn. “No obstante, dado el descenso de los precios del petróleo, sería ciertamente razonable esperar que estos retrocedieran ligeramente”.

En la economía estadounidense, cuando se disparan los precios del petróleo, aumentan los de la gasolina y suele observarse un repunte de la inflación: los precios suben, mientras que la actividad económica disminuye.

Así, por ejemplo, al 24 de abril, el precio del galón de gasolina más barato lo tenía Georgia, con $3.582 dólares. El más caro se registraba en Hawái, con $5.649 y California, $5.884.

Comprender la historia

Según el director de investigación del Budget Lab de la Universidad de Yale, para comprender la coyuntura actual de inestabilidad, resulta indispensable examinar la experiencia histórica de Estados Unidos frente a otros *shocks* en los precios del petróleo.

Los precios del barril de petróleo han superado los $100 desde que comenzó la guerra en Irán.

Por ello, explicó que, en la metodología de investigación empleada, no basta con limitarse a observar el «antes y el después» de las variaciones históricas en los precios del crudo; una economía en auge puede provocar un alza en los precios del petróleo por razones que, en realidad, nada tienen que ver con la oferta y sí, en cambio, con el aumento de la demanda.

En consecuencia, recurrieron a un ingenioso diseño metodológico propuesto por el economista Diego Kanzig, que se centra en una ventana temporal muy acotada en torno a los anuncios de la OPEP, con el fin de aislar exclusivamente aquellas variaciones que obedecen genuinamente a contracciones de la oferta, descartando cualquier otro fenómeno simultáneo.

“Supongamos, por el momento, que este *shock* de precios de 35 dólares por barril -justo antes de que estallara el conflicto- se prolonga durante un trimestre completo. Al analizar los datos correspondientes, aproximadamente, a los últimos 20 años, nuestro estudio indica que, —transcurrido un año— cabría esperar un incremento ligeramente inferior al 0,5 % en el nivel de precios subyacente (es decir, aquel que excluye el componente energético), así como una contracción, también ligeramente inferior al 0,5 %, en la actividad económica medida por el PIB”.

Puede que esto parezca una cifra pequeña, pero hay que tener en cuenta que el PIB de Estados Unidos ronda, aproximadamente, los 30 billones de dólares; por lo tanto, esto supone una reducción de la producción de unos 115.000 millones de dólares en un año.

No obstante, las *sacudidas* en el precio del petróleo parecen tener, en realidad, un impacto menos severo en Estados Unidos de lo que solían tener.

“Siguen siendo significativas, pero en menor medida que antes”, anota Nunn. “Estos efectos son menores de lo que eran en el pasado porque, actualmente, Estados Unidos requiere menos petróleo para generar un dólar de PIB que antaño; a su vez, esto se debe a que nuestra eficiencia en el uso de combustibles ha mejorado y a que el crecimiento económico ha tendido a alejarse de los sectores productivos intensivos en petróleo que caracterizaron a las décadas anteriores”.

Además, Estados Unidos produce mucho más petróleo que en el pasado y se ha convertido en un exportador neto de crudo y productos derivados del petróleo; por consiguiente, ante un aumento en el precio del crudo, surgen ahora más efectos contrapuestos —tanto positivos como negativos— que se compensan entre sí: la inversión tiende a aumentar con el tiempo, compensando parcialmente la caída en el consumo que provoca dicho incremento.

En esencia, este es el panorama macroeconómico general.

La inflación entre los consumidores

Pero ¿qué significa todo esto para los consumidores? ¿Cómo la inflación afecta a las distintas personas de maneras diferentes.

Por lo general, este tipo de *shock* inflacionario golpea con especial dureza a los hogares de bajos ingresos, principalmente por las siguientes razones: tienden a destinar una mayor proporción de su presupuesto al consumo de bienes que los hogares de altos ingresos; no pueden sustituir los productos por alternativas más económicas con la misma facilidad que los hogares de mayores ingresos —una diferencia que resulta bastante intuitiva—; y disponen de un menor colchón de ahorro.

“No obstante, si analizamos las distintas canastas de bienes y servicios que consumen los hogares de bajos y altos ingresos, cabe esperar que este *shock* energético en particular genere una mayor inflación para los hogares de bajos ingresos, dado que —en proporción a su consumo total— estos hogares gastan más en energía que los de altos ingresos”, expresó Ryan Nunn.

“Asimismo, se ven más perjudicados por cualquier aumento en la tasa de desempleo que pudiera derivarse de una desaceleración económica, en caso de que esta se produjera; y si nos centramos específicamente en las contracciones de la oferta de petróleo, diversas investigaciones han revelado que estas afectan con mayor severidad a los hogares con menor nivel educativo que al resto de los hogares”, añadió.

Pero dando un paso atrás y reflexionando nuevamente sobre la naturaleza del impacto económico que experimenta en Estados Unidos y en el mundo, tanto la duración como la incertidumbre resultan determinantes, y no solo la magnitud de los cambios iniciales.

Por lo tanto, gran parte dependerá de cuán prolongada resulte ser la guerra, y, en particular, de la rapidez con la que se logre restablecer la producción y el comercio tras el impacto inicial.

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